Junio es el mes de la diversidad, una oportunidad para hablar de realidades que suelen permanecer invisibles. Entre ellas está la intersexualidad, una condición que forma parte de la diversidad corporal humana, pero que durante décadas ha sido incomprendida, medicalizada e incluso estigmatizada.
Cuando una persona nace, una de las primeras preguntas suele ser: ¿es niño o niña?
La respuesta parece sencilla, pero para algunas personas la realidad biológica es más compleja.
Existen variaciones naturales en los cromosomas, las hormonas, las gónadas o los genitales que no encajan por completo en las definiciones tradicionales de cuerpo masculino o femenino. A esto se le conoce como intersexualidad.
Lejos de ser una enfermedad o una anomalía, se trata de una expresión más de la diversidad humana.
Así lo explican las académicas María Alejandra Sánchez Monroy y Eva Alcántara Zavala, investigadoras de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), quienes consideran indispensable abordar el tema desde una perspectiva de derechos humanos y no desde el estigma.
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Una realidad que siempre ha existido
La intersexualidad no es algo nuevo ni una tendencia reciente. Las personas intersex han existido en todas las épocas y culturas, aunque durante mucho tiempo fueron nombradas con términos que hoy se consideran incorrectos y ofensivos, como “hermafrodita” o “tercer sexo”.
Sánchez Monroy explica que la intersexualidad engloba diversas variaciones en los rasgos sexuales que pueden identificarse al nacimiento, durante la pubertad o incluso en la edad adulta.
“No existe una única experiencia intersexual”, aclaran las especialistas.
Algunas personas descubren esta condición desde pequeñas debido a características físicas visibles; otras pueden enterarse muchos años después al acudir al médico por temas relacionados con la pubertad, la fertilidad o cambios hormonales.
Aunque no existen estadísticas definitivas, diversos estudios internacionales estiman que alrededor de 1.7 por ciento de la población presenta alguna variación intersexual. La cifra sigue siendo objeto de debate, pero permite dimensionar que no se trata de casos excepcionales o extraordinarios.

Lo que la intersexualidad no es
Uno de los mayores obstáculos para comprender la intersexualidad son los mitos.
Las especialistas subrayan que ser intersexual no determina automáticamente la identidad de género ni la orientación sexual de una persona.
Una persona intersexual puede identificarse como mujer, hombre, no binaria o de otras formas, del mismo modo que cualquier otra persona.
“Hay personas intersexuales que pueden adscribir una autopercepción no binaria, pero no significa que una persona no binaria va a ser intersex”, explica Alcántara Zavala.
En otras palabras, la intersexualidad se refiere a características biológicas del cuerpo, mientras que la identidad de género tiene que ver con la forma en que cada persona se reconoce y vive a sí misma.
Cuando la medicina intentó corregir la diversidad
Durante gran parte del siglo XX, la respuesta predominante ante la intersexualidad fue médica.
Muchos niños y niñas fueron sometidos a cirugías o tratamientos hormonales destinados a modificar sus cuerpos para que encajaran en las expectativas sociales de masculinidad o feminidad.
Estas intervenciones se realizaban frecuentemente a edades muy tempranas, cuando las personas afectadas no podían participar en las decisiones sobre sus propios cuerpos.
Con el paso de los años, numerosas personas intersex comenzaron a denunciar las consecuencias físicas y emocionales de estos procedimientos.
Según Sánchez Monroy, organismos internacionales de derechos humanos han cuestionado estas prácticas y diversos mecanismos de Naciones Unidas las han señalado como formas de malos tratos cuando se realizan sin necesidad médica urgente y sin consentimiento informado.
Hoy, cada vez más especialistas promueven modelos de atención centrados en el acompañamiento de las familias, la información clara y el respeto a la autonomía corporal.

El peso de las expectativas sociales
Más allá de los desafíos médicos, muchas personas intersex enfrentan presiones sociales desde edades tempranas.
Las investigadoras explican que las ideas rígidas sobre cómo debe verse, comportarse o expresarse una mujer o un hombre suelen generar ansiedad, discriminación y sentimientos de aislamiento.
La infancia y la adolescencia pueden convertirse en etapas particularmente complejas cuando existen cuestionamientos constantes sobre el cuerpo o cuando las decisiones tomadas por otras personas afectan la manera en que alguien construye su identidad.
Alcántara Zavala habla incluso de un “reglamento del género”: un conjunto de normas sociales que establece qué comportamientos son aceptables para hombres y mujeres y que, en ocasiones, termina excluyendo a quienes no encajan en esos moldes.
Más comprensión, menos prejuicios
Hablar de intersexualidad no significa cuestionar la existencia de hombres y mujeres, sino reconocer que la realidad biológica humana es más diversa de lo que muchas veces imaginamos.
También implica entender que detrás de cada diagnóstico, cada estadística y cada debate existen personas que merecen respeto, privacidad y la posibilidad de tomar decisiones sobre sus propios cuerpos.
Las especialistas de la UAM consideran que una mirada interdisciplinaria y basada en derechos humanos permite visibilizar experiencias que históricamente han permanecido ocultas.
En un contexto donde junio invita a reflexionar sobre la diversidad, la intersexualidad recuerda una verdad sencilla pero poderosa: no todos los cuerpos son iguales, y precisamente en esa diversidad radica una parte fundamental de la riqueza humana.
Comprenderlo no requiere ser intersexual. Requiere, simplemente, reconocer que todas las personas tienen derecho a existir sin ser obligadas a encajar en expectativas ajenas.
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